La Unión de Asociaciones para la Defensa y Promoción del Patrimonio Natural y Cultural (Unión por el Patrimonio), integrada por veinte entidades de todo el territorio español comprometidas con la protección, estudio y divulgación del patrimonio cultural y natural, desea manifestar públicamente su profunda preocupación por el patrimonio industrial.
Existe una cierta confusión social cuando se habla de patrimonio industrial. La mayoría de la ciudadanía comprende sin dificultad que deben conservarse un castillo medieval, una iglesia románica o incluso antiguas instalaciones productivas como una tejera, una calera, un molino o una carpintería de ribera.
Sin embargo, cuando se trata de fábricas, centrales térmicas, astilleros, minas o grandes complejos industriales del siglo XX, la percepción cambia radicalmente. Para muchas personas son simplemente construcciones viejas, contaminantes o asociadas a un pasado que consideran superado y que, por tanto, debe desaparecer.
Esta visión responde, en parte, a que muchas de estas edificaciones se asocian con la contaminación ambiental, con la dureza del trabajo industrial o, en el caso de las centrales térmicas, con el uso de combustibles fósiles. Incluso existen posicionamientos ideológicos que identifican la demolición de estas instalaciones con un gesto de sostenibilidad.
Pero conviene plantearse una pregunta: ¿es compatible la transición ecológica con la conservación de la memoria industrial?
La respuesta, desde la perspectiva del patrimonio cultural, es claramente afirmativa.
Defender el patrimonio industrial no significa reivindicar la continuidad de actividades contaminantes ni cuestionar el cierre de instalaciones obsoletas. Lo que se protege no es la emisión de humo, sino el testimonio material de una etapa decisiva de nuestra historia.
Del mismo modo que nadie propone volver a utilizar una fortaleza medieval para hacer la guerra, tampoco conservar una central térmica implica defender el carbón. Lo que se preserva es un documento construido que explica cómo vivieron, trabajaron y progresaron generaciones enteras.
La Unión por el Patrimonio considera que cada edificio industrial constituye un reflejo de una época concreta, de unos avances tecnológicos, de unas relaciones sociales y de una forma de organizar el territorio. En muchos municipios, además, estas construcciones forman parte inseparable de la memoria colectiva. Miles de familias desarrollaron allí su vida laboral y buena parte del crecimiento económico y urbano de esas localidades giró en torno a ellas.
Esta visión no responde únicamente a una sensibilidad cultural, sino que está plenamente respaldada por los principales documentos internacionales y nacionales sobre la materia.
– La Carta de Nizhny Tagil sobre el Patrimonio Industrial, aprobada por el TICCIH en 2003, define el patrimonio industrial como el conjunto de restos de la cultura industrial que poseen valor histórico, tecnológico, social, arquitectónico o científico. Además, establece que su ámbito cronológico comprende desde la Revolución Industrial hasta la actualidad, incluyendo no solo fábricas y maquinaria, sino también infraestructuras energéticas, de transporte, almacenes, barrios obreros y otros espacios vinculados a la actividad industrial.
– En España, esta filosofía quedó incorporada al Plan Nacional de Patrimonio Industrial, aprobado por el Consejo del Patrimonio Histórico el 25 de marzo de 2011, que reconoce expresamente la especial vulnerabilidad de este patrimonio y la necesidad de identificarlo, documentarlo, protegerlo y reutilizarlo. El propio Plan subraya que la reutilización de edificios industriales evita el despilfarro energético que supone su demolición y constituye una forma de desarrollo verdaderamente sostenible, favoreciendo además la regeneración económica y social de los territorios donde se ubican.
Precisamente por ello, en toda Europa abundan los ejemplos de antiguas fábricas, centrales o almacenes convertidos en museos, centros culturales, universidades, viviendas, oficinas o espacios para la innovación. La recuperación del patrimonio industrial no supone congelar el pasado, sino darle una nueva vida respetando su identidad.
En este contexto resultan especialmente interesantes tres noticias recientes.
Por un lado, el impulso institucional al proyecto Catalunya Media City (Barcelona), que apuesta por reutilizar un importante complejo industrial para convertirlo en un polo audiovisual y tecnológico. Lejos de entender el patrimonio como un obstáculo para el desarrollo, demuestra que la conservación puede convertirse en un motor económico y cultural.
Por otro, el debate abierto en As Pontes de García Rodríguez (A Coruña) sobre la conservación de parte de la antigua central térmica, donde distintos colectivos defienden que algunos de sus elementos más representativos deben preservarse como memoria de una instalación que marcó profundamente la historia económica y social de Galicia.
Igualmente ocurre con la decisión del Gobierno de Aragón de paralizar el derribo de la central térmica de Escucha (Teruel), el cual estaba a punto de iniciarse, para estudiar su catalogación como bien de interés cultural, junto a una posible segunda vida incardinada en el proyecto Power Experience que haría de la recuperación del patrimonio industrial minero aragonés y del paisaje icónico de sus centrales térmicas un potente recurso endógeno para el desarrollo cultural y socioeconómico futuro a la par que mantiene la memoria colectiva del territorio.
Dichos casos ilustran que el verdadero debate no consiste en elegir entre progreso o patrimonio, sino en encontrar el equilibrio entre ambos.
Quizá el mayor reto sea precisamente ese: conseguir que la sociedad comprenda que el patrimonio no termina en el siglo XIX. También el siglo XX forma parte de nuestra historia. Los edificios industriales, aunque todavía nos resulten cercanos en el tiempo, son ya testimonios de un pasado que no volverá. Si esperamos a que pasen otros cien años para reconocer su valor, probablemente muchos de ellos ya habrán desaparecido.
Conservar el patrimonio industrial no significa conservar las chimeneas humeando. Significa conservar la memoria de quienes levantaron el mundo contemporáneo.

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